FASTOS HISTÓRICOS DE CHUQUISACA

El suceso chuquisaqueño del 25 de mayo de 1809
Mesa Redonda Panamericana Sucre
 

Era Chuquisaca a mediados de mayo de 1809 un caldero próximo a explotar en el que bullían rivalidades entre las principales autoridades, antipatías entre criollos y chapetones, corrientes de opinión liberales y conservadores, propósitos independistas de agitadores clandestinos y exageradas lealtades a favor de un rey joven al que se idealizaba con aureolas de martirio, heroicidad y perfección humana.

El 23 de este mes, el gobernador intendente Ramón García Pizarro, en carta urgente al Gobernador Intendente de Potosí, Francisco de Paula Sanz, le pidió socorro en estos términos. “Mi estimadísimo amigo: Este pueblo está en peligro. Los excesos de los togados llegaron ya a su extremo. A solicitud del Cabildo Secular, esto es, de una facción del Cabildo, se está pesquisando mi conducta y la de señor Virrey. El tribunal ha recibido ya 27 declaraciones por medio del semanero Ussoz sobre diferentes puntos que en substancia son, según me dicen, los siguientes: Si es verdad que se afirma de notorio que yo he instruido sumaria contra más de 30 vecinos y empleados por reos de traición; si se dice que el señor Virrey y yo tratamos de entregar esta Provincia a la señora Carlota; si yo tengo repartida la artillería en diferentes puntos; si es cierto que se han borrado el acta de la reunión que se celebró en la Universidad con motivo del recibo de los pliegos del Brasil y esto por mandato del señor Virrey, etc. Todas las señas son que quieren quitarme el mando y erigirse en junta y desconocer la autoridad del Gobierno Superior. Anoche hicieron acuerdos clandestinos en casa del oidor de la Iglesia y allí llamaron a algunos testigos amedrentándolos con amenazas. Si usted hubiera en ejercicio su comisión cuando vino, a esta fecha estaba ya remediado el mal, pues sólo el bribón de Zudáñez es el principal fautor de tamaños alborotos. Suplico a usted no pierda un momento en verificarla, antes que los males sean irremediables. Yo considero necesario tropa aquí y creo que usted también reconocerá su necesidad. Auxílieme, mi estimado amigo, con ella, cuanto antes, por lo menos con 50 hombres que podrán salir antes o después que usted, pero a la mayor brevedad. Espero que con el propio me conteste para mi inteligencia y entretanto quedo obrando lo que me permiten las circunstancias, que son demasiado peligrosas. En la prontitud o demora de las providencias estará talvez la integridad del pueblo o su desgracia. Amigo, la tropa al instante. Su afectísimo amigo: Ramón garcía Pizarro.

El 24 de mayo transcurrió con un gran nerviosismo de los actores del drama, con el Presidente y sus pocos leales vigilando los movimientos de los oidores y el Fiscal y éstos haciendo lo propio con los de aquellos. Los espectadores de primera fila: regidores, abogados, estudiantes de la Academia Carolina y la Universidad, doctores del claustro universitario, curas, comerciantes y empleados en agitada murmuración, en agrupaciones accidentales o convocadas.

El bajo pueblo presentía que algo iba a ocurrir, pero continuaba con sus actividades rutinarias de artesanía, comercio al menudeo, etc. Lo que no sabía ni presentía es que en la noche de la jornada siguiente sus nobles sentimientos lo proyectarían de su posición marginal en el escenario chuquisaqueño al primer plano; que de su condición de comparsa en el drama de las autoridades iba a convertirse en el protagonista principal y también en la víctima ensangrentada.

Los Oidores y el Fiscal se reunieron secretamente esa noche en casa del señor José de la Iglesia, que por ser el más antiguo tenía la categoría de Decano y Regente Interino. Luego de animado cambio de opiniones, llegaron a la conclusión de que había llegado el momento de pedir la renuncia al Presidente convenciéndole de que si no aceptaba era inminente un levantamiento popular de consecuencias imprevisibles en el que tanto él como todos los españoles de la ciudad y quien sabe de la provincia corrían peligro de muerte.

Por aviso que le hizo llegar el provincial de la Orden de Santo Domingo, padre Bonet (posiblemente con información recogida en un confesionario), el presidente Pizarro se enteró de la reunión de sus enemigos esa noche y de su intención de deponerlo por las buenas o por las malas. No podía esperar tres o cuatro días la llegada de las tropas pedidas a Potosí. Debía ganarles de mano a los oidores con los pocos solados y oficiales que tenía a sus órdenes en Chuquisaca. Tendría a los ministros encerrados hasta que arribase la fuerza potosina y con ésta los despacharía a Buenos Aires.

Hizo reforzar la guardia de su residencia. Ordenó al sargento Francisco Valverde que de inmediato despachase a su hijo Agapito a Potosí, llevando otra carta reservada para el gobernador Paula Sanz. Debía viajar sin detenerse, con toda la celeridad que permitiesen las cabalgaduras. En dicha carta don Ramón García Pizarro avisaba al gobernador Paula Sanz de la reunión de los oidores esa noche y le reiteraba su pedido para que le enviase dos compañías de soldados con sus oficiales. Si no lo hacía, sería responsable del atentado que se iba a producir contra su autoridad y la del Virrey, con el “consiguiente tumulto” que, seguramente, tendría consecuencias “muy desgraciadas”. Era preciso actuar con la mayor premura. “Los momentos eran preciosos para evitar grandes males”.

 

En el curso del día, se esparció por la ciudad, por indiscreción tal vez deliberada de uno de los oidores, que la Audiencia tenía resuelto retirar de su puesto al Presidente.

A las 3 de la tarde, García Pizarro mandó llamar a los abogados Esteban Gascón y José Portillo. Debían presentarse en su despacho “sin réplica ni demora alguna”. Delante del secretario doctor Manuel Antonio Castro, les manifestó que “tenía aviso positivo de que los oidores, la noche anterior, habían decidido su deposición” y que en la noche de ese día se reunirían nuevamente para firmar el documento respectivo. Necesitaba de su asesoramiento legal con objeto de redactar documentos de detención de los oidores José Vicente Ussoz y José Vásquez Ballesteros, el fiscal Miguel López Andreu y el abogado Jaime Zudáñez. No se incluía en las órdenes al decano José de la Iglesia, por su avanzada edad, ni al recién llegado Conde de San Xavier.

Los mandamientos de aprehensión fueron dictados al secretario Castro. Todos eran del mismo tenor, con la sola diferencia de los nombres de los comisionados y de sus presas. Por ejemplo, el relativo al Fiscal decía así: “El alférez de infantería don Juan José Vianqui, en fuerza a esta orden, pasará sin pérdida de un momento a intimar al señor fiscal don Miguel López Andreu, se presente sin dar lugar a otras más estrechas providencias en el cuartel de veteranos de esta guarnición, manteniéndose dicho subteniente alférez a la mira y puntual cumplimiento de este mandato, a cuyo efecto se le autoriza a tomar en circunstancia urgente cuantas medidas conceptúe necesarias bajo responsabilidad de ordenanzas. Plata, 25 de mayo de 1809. García Pizarro”

Los comisionados eran el Alguacil Mayor de la Audiencia, Manuel Antonio Tardío para aprehender al oidor Vásquez Ballesteros; el capitán Ramón García Pérez, al oidor Ussoz y Mozi; el subteniente Juan José Vianqui, al fiscal López Andreu; otro oficial, al regidor Manuel Zudáñez; el teniente Pedro Real de Asúa, al abogado Jaime Zudáñez; el sargento Francisco Valverde al regidor Domingo de Aníbarro.

Comenzaban a esparcirse sobre la ciudad las penumbras del atardecer. Las campanas de las iglesias habían convocado ya a la oración del ángelus vespertino.

Por la puerta falsa de la residencia presidencial salieron silenciosamente los seis comisionados, cada uno armado con pistola y acompañado de cuatro guardias que portaban espadas. De manera sigilosa y rápida se dispersaron rumbo a sus objetivos. La última instrucción que les impartió el Presidente fue que actuasen “con prudencia y sagacidad, todos a un tiempo, sin dar lugar a la más mínima desazón en el público”.

Como la población vivía tensa y expectante en esos días en que se esperaba un desenlace en la crisis existente en las relaciones de las autoridades, la salida de los pelotones de arresto fue detectada por algunos transeúntes. La noticia se esparció como llama en reguero de pólvora. Todos quienes creían estar en la lista de los enemigos del Presidente se pusieron inmediatamente a buen recaudo.

Buscaron refugió en casas de amigos neutrales, en los conventos o salieron de la ciudad trasmontando paredes, subiéndose a tejados y apresurando el paso de un domicilio a otro con la cara semidescubierta con un sombrero gacho y el cuerpo envuelto en larga capa. Las sombras de aproximación de la noche ayudaban a su escurrimiento.

Los oidores Ballesteros, Ussoz y Mozi y el fiscal López Andreu no fueron encontrados en sus viviendas porque asistían a una reunión en la morada del decano José de la Iglesia. Allí fueron avisados de que se los buscaba. Cada uno procuró su salvación por separado. Vásquez Ballesteros se ocultó en un rincón de la misma casa. Ussoz y Mozi corrió al convento de San Felipe Neri, que quedaba muy cerca. López Andreu salió de la ciudad a paso presuroso por el arrabal más próximo.

El teniente Real de Asua fue el único que halló a su presa. Sorprendió a Jaime Zudáñez en su vivienda. Ignorante del peligro, estaba “tomando unos pocillos de chocolate” con su amigo Patricio Malavia. Fue llevado por las calles tomado de cada brazo por un soldado, con otros dos por delante con las espadas desenvainadas y el oficial cerrando el grupo con su pistola apuntalada a la espalda del prisionero. La hermana de Zudáñez iba más atrás gritando: “¡Paisanos, defiendan a mi hermano. Lo llevan a la cárcel por leal y buen vasallo!” (AGI) Se le adjunta ron gentes que clamaron: “¡traición, favor al Rey y a la Patria!” (ANS) El mismo abogado caminaba pidiendo socorro a voz en cuello.

Fue llevado al cuartel de veteranos, pero como comenzara a aglomerarse público en actitud hostil, se lo traslado rápidamente a la cárcel de la Audiencia y enceró en un calabozo. En menos de media hora, miles de personas se arremolinaban vociferantes frente a la residencia presidencial en cuya parte trasera estaba la cárcel.

Juan Antonio Álvarez de Arenales, nacido en un pueblo de Castilla la Vieja, en el seno de distinguida familia, ingreso a la carrera militar a los 13 años y desde los 14 estaba en América. Tenía a la sazón 42. Había sido durante más de un decenio Subdelegado en Arque, Cinti y actualmente lo era de Yamparáez.

Tenía licencia de la Audiencia para viajar al día siguiente a visitar a su esposa y 5 hijos que residían en Salta. Los sucesos que comenzaban a producirse iban a cambiar radicalmente su destino. “Ese jueves 25 de mayo, después de haber estado en su alojamiento todo el día, salió poco antes de las 7 de la noche .Encontró en la calle “gestes despavoridas que corrían gritando: “¡Viva el Rey, que prenden a los oidores, a los regidores, a los Zudáñez y a otros!”.

Siguió hacia la plaza por la calle de la capilla de la virgen de Guadalupe. A la residencia del presidente García Pizarro. Se aproximó. Fue informado que Jaime Zudáñez estaba dentro. Alguien sugirió que se llamase al Arzobispo, a fin de que hiciese valer su condición de prelado y de amigo personal del Presidente para salvar a Zudáñez, que seguramente estaba en peligro de muerte”.

Un  Grupo se desprendió de la muchedumbre y se encaminó al palacio arzobispal. Desde la calle se pidió a gritos al mitrado su intervención. Salió acompañado de Arenales y el oidor Conde de San Xavier. En el domicilio presidencial, se convenció al teniente general García Pizarro de la urgente necesidad de soltar a Zudáñez para evitar hechos muy graves contra él mismo y todos los españoles de la ciudad. Mientras se desarrollaba la conversación, el pueblo gritaba fuera y apedreaba puertas y ventanas de la casa pretorial. “Era tanta la gritería y el ruido de la pedrea que los interlocutores apenas se podían entender”. Una descarga de fusilería de los guardias al aire exasperó más al populacho.

 

García Pizarro acabó accediendo. Jaime Zudáñez era el menos importante de quienes había querido hacer apresar. No era sino un seguidor de su hermano Manuel, el más díscolo de todos los abogados. Lo hizo comparecer ante sí y le dijo: “Queda usted en libertad”. Zudáñez respondió: “Muchas gracias, señor Mañana vendré con mi hermano a hablar con Vuestra Excelencia”: El Presidente replicó: “Vaya usted y sosiegue a esa gente, que todo se ha acabado”.

Zudáñez salió a la calle acompañado del Arzobispo y el Conde de San Xavier por la puerta falsa, pues la pedrea sobre el frontis principal continuaba. Fue levantado sobre los hombros de algunos cholos y llevado en triunfo en medio de grandes aclamaciones. Se convirtió en el Héroe de la noche.

El Arzobispo fue por la multitud. Prefirió no ir directamente a su palacio, a fin de evitar que la gente lo inundase. En la plazuela de San Agustín logró ingresar a la casa de doña Juana Quiroga. He aquí su propio relato: “Desde un balcón pedí a las gentes con el mayor encarecimiento y por las entrañas de Jesucristo que se retiraran a sus hogares, que yo les prometía por la cruz que llevaba en el pecho que yo me iría de la ciudad y dejaría la mitra. Contestaron con un general viva. Les pregunté si podía retirarme a mi casa. Dijeron que sí y me acompañaron hasta la puerta, pero un hombre muy oscuro me amenazó diciendo que yo era ahijado del infante Godoy. Otro añadió que yo estaba coligado para entregar esta provincia a la señora princesa Carlota. Mandé que se hiciese callar el espantoso ruido de las campanas. Cuando creí que todo estaba apaciguado, volvieron a oírse repiques. Vino un vecino que no conocía y me dijo que había oído a una cuadrilla de malcontentos que pegarían fuego a la puerta de mi casa y que ya juntaban la leña. Llegó el Padre Guardián de San Francisco y me avisó que la plebe  se había apoderado de la artillería y de la sala de armas, que habían sacado a los presos de la cárcel. Como había corrido la voz en el pueblo de que yo era hechura de Godoy y estaba en mi ánimo entregar la provincia a la princesa Carlota, temí que algunos de los ebrios que andaban con el tropel podrían arrojarse a matarme. Con parecer de algunos sacerdotes determiné meterme aquella noche en el Convento de San Francisco y no pudiendo entrar en él ni en la casa del cura de San Sebastián, salí a la loma donde aguardé hasta las 3 de la mañana que se apaciguase la gritería. Oyendo todavía los tiros de cañón, me alejé a pié, con dos clérigos” (AGI).

Volvemos a la noche del 25 de. Al saber que el presidente estaba acorralado en su residencia, con sólo 14 guardias, todos quienes se habían ocultado salieron a unirse a la muchedumbre. Juan Manuel Lemoine, habiendo vencido sable en mano a la oposición de los frailes, subió al campanario de San Francisco a tocar a rebato (Estanislao JUST: Comienzo de la Independencia en el Alto Perú. 5 tomos, inéditos). El francés José Sivilat y un sirviente de Jaime Zudáñez ejecutaron lo mismo en la Catedral. El alguacil mayor Tardío, juzgando que suelto Zudáñez toda la concentración debía disolverse en vez de ser aumentada con el llamado de las campanas, los desalojó. Hizo cerrar con llave la portezuela de ingreso a la torre. A los pocos minutos, los bronces catedralicios reanudaron su tañido de convocación y de alarma.

La excitación era general en toda la ciudad. Gentes de los dos sexos y todas las edades convergían hacia la plaza. No todos mostraban la cara. Se veía a algunas personas con el rostro cubierto con un pañuelo y con ponchos indígenas, empero, “medias y zapatos finos” denunciaban su condición social. Se veían también algunos indios llegados de los alrededores.

El pueblo chuquisaqueño se movía como un oleaje arrastrado por diferentes corrientes. Actuaba principalmente, por su propio impulso, en romántica defensa del Deseado, el Amado, el joven Rey de quien le habían dicho que era la personificación de todas las virtudes, que estaba desterrado de su patria por decisión de un déspota, a quién el presidente Pizarro y el Arzobispo, abusando de que estaba cautivo, querían hacerle perder su trono, sus dominios y sus vasallos entregándolos a Portugal y el Brasil. Lo habían incitado con estos infundios los oidores, algunos elementos de la Universidad y ahora lo empujaban a expresar con gritos y amenazas su repudio a ese presidente porque era un traidor. Lo movían elementos criollos de la clase intelectual, doctores en leyes, estudiantes de la Academia Carolina y comerciantes antiespañoles, para que expresase sus ansias de libertad con un gesto de rebeldía, de ejercicio de la soberanía popular, dando un paso inicial en el camino hacia una meta gloriosa.

Se extrañó la presencia del fiscal Miguel López Andréu. Se fue a buscarlo a la residencia del Decano. No estaba allí. Se lo buscó en la morada del teniente Juan José Vianqui, que fue el encargado de apresarlo. Se lo buscó en el cuartel de veteranos. Se llegó a la conclusión de que no podía estar sino en uno de los calabozos de la cárcel de corte o quien sabe muerto y enterrado en la huerta de la residencia presidencial, pues había sido el personaje más activo e influyente en la campaña contra el jefe político de la provincia. La multitud enardecida volvió a bordear la casa pretorial demandando a voz en cuello la libertad del desaparecido. Arenales logró que los guardias le abriesen la puerta falsa e ingresó a conferenciar con el presidente. Estaba con el oidor Conde de San Xavier, el Guardián del Convento de San Francisco, el secretario Castro y el teniente Vianqui. Ninguno sabía del paradero de López Andréu. El teniente Vianqui informó que cuando fue a buscarlo con su patrulla no  lo encontró en su domicilio.

El gentío arreció sus gritos. Se logró acallarlo para que escuchase al Presidente. El teniente general Pizarro desde un corredor ubicado a cierta distancia de la puerta falsa y sin que ella se abriese gritó que daba su palabra de honor de que no tenían preso al Fiscal y que no sabía donde podía encontrarse. En prueba de ello se ofrecía como rehén hasta que apareciese. De en medio de la multitud se alzó una voz: “Queremos a nuestro fiscal y no a un traidor en su reemplazo”. Salieron Arenales y el oidor Conde de San Xavier. Trataron de calmar los ánimos. Arenales opinó que lo más probable era que el fiscal hubiese salido de la ciudad. Iba a enviar gente a buscarlo en los caminos. El capitán Ramón García Pérez se ofreció para tal efecto. Lo rodeó un grupo en la esquina de Rumy Cruz. Se lo acusó de ser uno de los mayores traidores, uno de quienes anduvieron en busca de oidores. Desenvainó su espada temiendo ser agredido. Un mulato apodado Quitacapas se lanzó sobre él y le arrebató el arma.

Hubo reunión de principales en la casa del decano don José de la Iglesia. Concurrían el anfitrión, los oidores Ballesteros, Ussoz y San Xavier, los hermanos Zudáñez y Lemoine, Domingo de Aníbarro, Arenales y algunas más.

El conclave decidió demandar al presidente que entregase los cañones y fusiles que tenía en su residencia. Quedarían en el Ayuntamiento bajo la responsabilidad del Ministro Semanero, señor Ballesteros. El oficio dirigido al teniente general García Pizarro declaraba que era el único medio de “conciliar la tranquilidad pública tan notoriamente alterada”. Otra comunicación del Decano al jefe político dejo: “Es necesario tranquilizar al publico y evitar las malas consecuencias que pueden haber; porque a las órdenes del tribunal, si no se pone remedio, está todo el vecindario resuelto a una forzosa defensa y no queriendo el tribunal efusión de sangre, no desgracias, interesa al respeto de Vuestra Excelencia, para que todo cese, que tratemos mañana de lo que convenga, según corresponda al decoro de todas las autoridades”. Llevaron los pliegos el oidor Ballesteros, el oidor San Xavier y el señor Arenales. El general aceptó entregar los cañones, pese a la oposición del oficial Vianqui.

Se abrió un tanto una de las hojas de la puerta principal y se dejó entrar a algunas personas para extraer los cañones. Se los fue entregando sin sus cureñas hasta la cantidad de nueve. Ingresó más gente para pedir los fusiles. Como su tono se hiciese muy amenazante, los guardias dispararon. Cayeron dos hombres muertos en el zaguán. Todos los que estaban dentro escaparon. Cuando salía el último, un esclavo del cura Balanza, los guardias cerraron violentamente la puerta. El negro quedó atrapado por un pié. Sus compañeros lograron arrancarlo, pero mal herido. Falleció dando gritos de dolor.

Las tres muertes empujaron a la muchedumbre a una actitud más decidida. Un grupo corrió a la cárcel del Ayuntamiento a sacar a los presos, típico gesto de rebeldía popular.

Se colocaron los cañones en la esquina de la plaza y en otras bocacalles desde donde se tenía a la vista la residencia del Gobernador Intendente. Se los disparó intermitentemente, con poco efecto, pues los proyectiles no llegaban a su objetivo. No era posible una mayor aproximación porque los guardias que defendían la casa pretorial la impedían con sus fusiles.

Los personajes reunidos en el domicilio del Decano determinaron que había llegado la hora de pedir la renuncia del presidente. La plebe en la calle y en la sala, por medio de su portavoz Joaquín Lemoine, la pedía a gritos. Comentario del alguacil mayor Tardío y Agorreta: “Los ministros estaban vestidos con capa y sombrero gacho, mezclados en junta mixta, entre gubernativa y municipal, con el alcalde de primer voto Juan Antonio Fernández, el alcalde provincial Gabriel Argüelles, los dos Zudáñez y otros vecinos que, emponchados, ensombrerados y con el cigarro en la boca, entraban y salían de la habitación para tomar contacto con las gavillas de plebe que llenaban la antesala y el patio de la casa (ANS). Declaración de Mariano Matalinares: “Manuel Zudáñez era uno de los que más actuaba en la reunión. Hacia prevalecer sus opiniones a fuerza de gritar y de dar golpes sobre la mesa”.

Los oidores firmaron un oficio que Juan Antonio Álvarez de Arenales se encargó de llevar al Presidente: “Excelentísimo señor: El escandaloso hecho que de orden de Vuestra Excelencia se trató de ejecutar a cosa de las siete de esta noche y que ha prometido hasta el último extremo la tranquilidad y sosiego en tal consternación que no encuentra el tribunal otro arbitrio para restituirle su antigua tranquilidad, que el que Vuestra Excelencia, en obsequio a ella, entregue inmediatamente el mando político y militar, como el pueblo lo pide con  firme protesta de no aquietarse hasta que se verifique. El tribunal, pues, a nombre del Rey, y como eco fiel de estos generosos habitantes, lo intima a Vuestra Excelencia y espera su más puntual cumplimiento. Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. Plata, 25 de mayo de 1809, a las 11 dadas de la noche. José de la Iglesia- José Agustín Ussoz y Mozi- José Vásquez Ballesteros- El Conde de San Xavier”.

Los oidores pedían la renuncia del jefe político y militar de la provincia declarando que era exigencia del pueblo. ¿Actuaban como agentes de la voluntad popular? ¿Los oidores se servían del pueblo o los revolucionarios que agitaban al pueblo se servían de los oidores? ¿O era un doble artificio engañoso en el que los unos creían que estaban aprovechando de la ingenuidad de los otros?

He aquí otro de los misterios de esa noche.

Luego de rápida consulta con su secretario Castro, que era el único de los leales que permanecía a su lado, el teniente general García Pizarro contestó por el mismo conducto de Arenales: “El mando que me ha dado el Rey no puedo dejarlo sin causa, porque la prisión de don Jaime Zudáñez era justa como lo han de saber Vuestras Señorías. Sin embargo, nos juntaremos mañana en acuerdo y trataremos una materia así grave. Dios guarde a Vuestras Señorías muchos años. Ramón García Pizarro”. Los oidores replicaron mediante comunicación que llevó el alguacil mayor Tardío, diciendo que, pese a sus deseos de conciliación, sus propósitos eran invariables. Volvían a pedir al Presidente que depositase el mando en el tribunal como estaba obligado por las leyes y para evitar “funestos sucesos”.

Como el Presidente mantuviese su posición intransigente, los ministros despacharon una tercera demanda con Tardío y Arenales. Encontraron al General sin áulico alguno a su lado. Hasta varios de los 14 guardias lo habían abandonado. Como Tardío y Arenales tardasen en salir, debido a la indecisión del Presidente, el pueblo acercó cañones a la puerta falsa y la derribó con dos disparos. Cuando numerosos grupos se precipitaban por la abertura, aparecieron los mensajeros. Mostraron un papel diciendo que contenía la renuncia. El gentío se dispersó por las calles con aclamaciones de alegría.

La dimisión por su desaliñada redacción, muestra que fue escrita por el mismo Presidente, con el cansancio de ocho horas de vivir bajo la amenaza de una población enardecida en su contra y en momentos en que se preparaba a dar un asalto final para acabar con su vida. Decía así: “Contesto el tercer oficio de Vuestras Señorías y pensé que todo estaba acabado, este terrible escándalo, por ofrecerme el señor Ballesteros que dando la artillería que él ofrecía guardaría por su cuello cuando vino con el tumulto por el sosiego y que no hubiese desgracias lo concedí y se les entregó y luego y con ella han hecho fuego y pidiendo los fusiles de la tropa, el señor San Xavier me ofreció lo mismo y que mañana sería todo paz y unión de Vuestras Señorías conmigo y el señor Arzobispo. Antes  nada les ha contentado. Vuestras Señorías depónganme que en su mano está porque vean mi graduación mi honor y así dispongan lo que quieran dejándome con la dignidad que es razón que mañana lo pueden Vuestras Señorías tratar que por la salud de la tierra a todo me acomodaré pues deseo darles gusto y tranquilidad al pueblo. Dios guarde a Vuestras Señorías muchos años. La Plata, a las tres de la mañana de 26 de mayo de 1809. Ramón Pizarro”.

La Audiencia asumió el gobierno de la intendencia. El retrato de Fernando VII fue sacado del domicilio del oidor Ussoz y Mozi y paseado por las calles con música y banderas, mientras tañían las campanas. Fue colocado bajo un dosel en la arquería del Ayuntamiento. Los días siguientes, en los atardeceres, delante de la efigie, una banda de música ejecutaba retretas y la gente cantaba y bailaba en homenaje al Amado.

El 27, a la una de la tarde, por decisión de la Audiencia, el teniente general García Pizarro fue llevado preso al edificio de la Universidad, fue insultado en el trayecto. El público obligó a los guardias y autoridades que lo conducían a pasarle por media plaza, delante de una horca de la que pendían su retrato y un perro muerto. Se dice que al ingresar a su encierro el ex Presidente dijo: “Con un Pizarro comenzó la dominación española en la América del sur, con otro Pizarro comienza su fin”.

La victoria de la Audiencia quedaba incompleta mientras el otro sindicado de ser cómplice de la confabulación para entregar la provincia a la princesa Carlota Joaquina, el arzobispo Moxó y Francolí, estaba en libertad. Se resolvió su captura. Se sabía que había escapado con dirección a Moromoro. Pero era necesario proceder con cautela. El prelado seguía contando con el respeto de un gran porcentaje de la población. Tenía enemigos en el clero y la ciudadanía, más la masa popular lo seguía aceptando como mentor de su profunda religiosidad. La plebe comenzaba a temer que de prolongarse su ausencia se desataría las iras de Dios sobre la ciudad. Se aproximaba la gran festividad de Corpus Christi. Sin él perdería mucho de su solemnidad.

Los ministros encomendaron al alférez Ángel Gutiérrez ir en su busca con una escolta. Debía traerlo con todos los miramientos debidos a su alta investidura. Los estudiantes del seminario fueron desalojados del internado. El edificio estaba destinado a servir de cárcel para Moxó. Sabedores de esta intención, los miembros de la casa Arzobispal se apresuraron a tomar medidas para frustrarla. El cura pedro Antezana entró en contacto con Quitacapas. Le ofreció dinero a fin de que movilizase al pueblo para recibir clamorosamente al mitrado y no dejar que sea llevado al seminario. Le autorizó a ofrecer un peso a cada persona que participase en el recibimiento. Se disponía de 3.000 pesos para tal fin.

El día de la llegada, gran cantidad de público esperaba al Arzobispo en la zona del prado. Los oidores enviaron a Álvarez de Arenales a darle encuentro y desviarlo a una entrada desierta. La gente se enteró de ello y corrió a rodearle. Lo acompañó entre vítores y aclamaciones, conduciéndole directamente a su palacio. Los músicos de Quitacapas hacían más bulliciosa y alegre la ocasión. Salió a uno de los balcones. El público le pidió perdón por todos los sustos que le dio la noche del 25 de mayo. Benito Moxó y Francolí, con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada por la emoción, impartió su bendición.

El mismo Arzobispo narró en estas palabras como fue su reingreso a la ciudad. “Es cierto que don Juan de Arenales nos salió al encuentro junto al torrente del Quirpinchaca, Ignoramos si su salida fue con el fin de hacernos el obsequio de acompañarnos, pero no podemos disimular que se creyó generalmente que su intención era conducirnos no a nuestro palacio Arzobispal, sino a nuestro Seminario Conciliar, en donde se pensaba dejarnos arrestados.

Tampoco debemos pasar en silencio que en la misma tarde el mencionado Arenales dio orden al portero de nuestro Palacio que no se permitiese que ningún familiar saliese a recibirnos: que lo propio ejecutase si le era posible con el clero, y por último que dijesen que no me alcanzasen insignia alguna, ni aún el sombrero episcopal. Finalmente, no podemos ocultar que habiéndose juntado más allá del expresado arroyo algunos pocos sacerdotes, Arenales impidió que se acercasen a nuestra persona, sin embargo de que ellos solicitaban este favor con enérgicas expresiones y tiernas lágrimas. Decimos en tercer lugar, que habiéndonos advertido Arenales que sería mejor que entrásemos a pie en la ciudad, don José Manuel Escobedo, uno de nuestros pajes, le suplicó con el mayor rendimiento que, haciéndose cargo de nuestra fatiga y quebranto, nos permitiese apoyarnos en su bastón. Cedió Arenales, mas a poco nos privó de este pequeño alivio, contentándose con significar a Moscoso que nos diese una varita delgada, como alguacil, que por juguete llevaba en la mano.

Inmediatamente después de esto, reparamos y todos notaron que Arenales amenazaba con su bastón a los que corrían desolados a abrazarnos y gritaban una y muchas veces ¡Viva nuestro Arzobispo, Viva nuestro Padre! Decimos en cuarto lugar que Arenales dejando el camino recto, llano y espacioso de la calle del Prado, plazuela de San Juan de Dios y calle de San Miguel, nos precisó a dar un penoso rodeo por arrabales sucios y de piso escabroso. Expone Arenales que lo hizo con el sincero objeto de desviarnos de la gente que podía cargar y con el sano deseo de afianzar más la seguridad del respeto que nos era tan justamente debido. Confesamos que al leer estas palabras hemos recurrido a Dios citándole por testigo de la singularísima piedad que en aquella memorable ocasión nos acreditaron los buenos y sencillos moradores de este fidelísimo y cristianísimo pueblo; pues habiendo sido como unos cinco o seis mil los que se juntaron en nuestra entrada, ninguno de ellos dejó de darnos las más expresivas muestras de filial veneración y cariño. Todos se postraban a nuestros pies. Todos llevaban pintados en el semblante las más vivas señales de alegría y júbilo por nuestro pronto y deseado regreso. Y todos a una  nos pedían que luego que hubiésemos llegado a nuestro palacio saliéramos a uno de los balcones de la fachada principal, que da a la Plaza mayor, y echáramos nuestra bendición sobre ellos y sobre sus hijos y mujeres. (Rubén Vargas Ugarte: Don Benito María de Moxó y Francolí, Arzobispo de Charcas. Buenos Aires, 1931).

En una certificación dada a pedido del que fuera guardián del Convento de San Francisco, fray Marcos Jorge de Benavente, el arzobispo Moxó dio estos detalles sobre la noche del 25 de mayo de 1809 y días siguientes: “En la insinuada noche, apenas se oyeron los primeros gritos de la conmoción popular y las primeras campanadas que tocaban a entredicho, el padre Benavente se presentó en este palacio Arzobispal al frente de toda su devota comunidad y con las expresiones más enérgicas solicitó que lo empleásemos en las comisiones que tuviésemos por conveniente, ofreciendo derramar a nuestro lado hasta la última gota de su sangre, perdiendo como celoso sacerdote y leal vasallo la vida en obsequio del bien común. Y habiéndosele dado por Nos las órdenes que exigía aquel terrible momento, las cumplió todas y con mayor puntualidad y bizarría, metiéndose por los pelotones de gente armada y despreciando el pavoroso estallido del fusil y del cañón. En aquella misma noche y en la mañana  siguiente se condujo varias veces por nuestro encargo a la casa pretorial, ya para alentar y consolar al anciano señor presidente Pizarro, que privado del mando y desamparado por su guardia, se hallaba en la situación más deplorable, ya para existencia de una falsa e imaginaria traición, pugnaba por envestir las habitaciones interiores; ya, finalmente, para recoger los heridos y ponerlos a cubierto de nuevas desgracias, mandándolos conducir al hospital donde fueron atendidos y curados con todo el esmero que inspira la caridad cristiana. La suave y celestial doctrina del Evangelio vertida oportunamente por sus labios, suavizaron sin dificultad los pechos de esta sencilla plebe que de suyo es en extremo compasiva y generosa.

“Fue libertada la casa pretorial, fueron llevados los heridos al suspirado asilo, se desengañaron los cholos de que no habría habido las muertes que tanto se les había ponderado y el respetadísimo y desolado jefe logró respirar con algún desahogo. Disipada en pocos días la furia de la primera tormenta y habiéndolo Nos, como Pastor y Padre de este amado rebaño, determinado impedir por todos los medios y a costa de cualquier sacrificio que los efectos de aquella violenta conmoción fuesen tan perjudiciales como podía temerse, que no hubiesen asesinatos y saqueos, que se apagasen sucesivamente los mutuos odios y rencores y que las leyes fuesen recobrando poco a poco el ascendiente que deben tener en toda sociedad bien arreglada, debemos confesar que el padre Benavente fue uno de los que más nos sirvieron para la entera conversación de un fin tan santo, sosteniendo con inalterable constancia el choque de las calumnias y detracciones que como río que ha salido de madre inundaron por espacio de algunos meses este vecindario y no dejaron de extenderse hasta las ciudades y provincias más distantes...” . (Rubén Vargas Ugarte: Don Benito María de Moxó y Francolí, Arzobispo de Charcas. Buenos Aires, 1931).